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Palabras iniciales de la campaña fallera 1939-1940 Martín Domínguez Barberá*
Cuando alguno de nosotros, siquiera de mediana sensibilidad, pero con un mínimo sentido del orgullo local, se enfrenta con esa cosa tremenda que son LAS FALLAS, no tarda en alcanzar una impresión análoga a la de un labrador de buen sentido que se encontrase ante un campo fértil, pero descuidado. Existe sí, un verde caudal de plantas fructíferas y aprovechables, pero ahogadas por otra vegetación tan exhuberante como dañina, que sofoca y mata los tallos buenos.
La dificultad estriba precisamente en separar lo utilizable de lo que debe ser rechazado. No es fácil, ni desde luego agradable, una labor de escarda. Pero yo estimo que no hacerla sería abdicar de uno de los más elementales deberes del sitio que ocupo y del momento de extrema responsabilidad que vivimos. La altura ética y el rango espiritual del Ayuntamiento que se ha formado bajo la Presidencia del señor Barón de Cárcer, obliga, habida cuenta de este momento histórico, inicial de un tiempo nuevo, a enfocar todas las cuestiones con una valentía extremada. Es hora de diagnósticos. Y si en el asunto fallero hay que llegar incluso a la cirugía, no seré yo quien retroceda. A España se la sirve de muchas maneras. Y no es la menos laudable ni peligrosa ésta de servirse de la pluma y de la palabra como de un limpio bisturí, previamente aséptico de pasiones mezquinas y cursilerías baratas, quemado en la llama viva de una pasión hispánica, ardiente y combativa.
Nuestra generación conoció un modo de ser fallero, recargado de localismo pintoresco e irresponsable, exaltación de lo que Valencia tenía, no de ciudad, sino de barrio; canonización peligrosa del lema más estúpido que hayamos padecido los valencianos: “Pensat i fet”; desbordamiento de todo ese barato mundillo chalero, falsamente folklórico, aplebeyado y grueso que, singularmente, con el rompimiento de todos los diques sociales que la República significara, se desbordó en aquellas fallas de los últimos años donde el ingenio valenciano —si no fino, sí chispeante—, vencido y arrinconado, fué sustituido por las representaciones alusivas y no ciertamente edificantes de todo género de descomunales frutas prohibidas.
I
Y no fué esto lo peor. Porque lo más triste era el ambiente que Valencia vivía esos días. Una riada bullanguera y a menudo molesta invadía nuestras calles. El bullicio y el color de la fiesta que con un más cuidado espíritu ciudadano hubiera podido ser simpático, lleno de cierto encanto pintoresco, resultaba chabacano e impertinente. Y todo ello vino a empeorarse con una idea realmente descabellada: Hacer de una fiesta en estas condiciones la principal y casi única atracción turística de Valencia.
Fué así como Valencia, ciudad de civilización milenaria, emparentada con las más expléndidas culturas de la Historia, que logró deslumbrar más de una vez a los primeros Austrias, cuando nuestros Reyes eran los Reyes del mundo; balconada mediterránea por donde le entraron a España las áureas más finas del Renacimiento; tierra privilegiada, de bosques fragantes de azahares junto a un mar que no ha olvidado todavía los exámetros de Virgilio; el país de las artesanías primorosas, de los orfebres, de los mercaderes en tráficos preciosos; la tierra de la seda, el abanico, la mayólica y la flor, vino a querer hacer de una fiesta exacerbadamente local, escaparate universal de su fama, su arte y su magnificencia.
Y no es que una fiesta de hondo tipismo no pueda convertirse en un acontecimiento capaz de salvar fronteras y extender su fama por todas las naciones. Pero, ¡ah!, siempre a condición de que se rodee de un mínimo de dignidad ciudadana, de rango y calidad... Y cuanto mayor sea el tipismo de una fiesta, más acuciante y justificada la exigencia de engarzarla en marco de prestancia y civilización; porque, de lo contrario, todo el interés que los forasteros puedan tributarnos, antes que orgullo debe despertarnos esa molesta sensación humillante de quien se siente objeto de la atención ajena a título de bicho raro, de acontecimiento pintoresco o costumbre indígena, propias de un pueblo colonizable.
No, no; tenemos que ser un poco más exigentes con nosotros mismos. Y no es que yo aspire a inscribir una fiesta de sentido popular como las Fallas en un marco de distinción capaz de competir con la Florencia de los Médicis. Esto sería muy selecto, pero revelaría una ausencia lamentable del más elemental sentido de las cosas. En las Fallas la fórmula exacta es ésta: Conservar lo popular y desechar lo chabacano. Apasionarse por el color y desterrar el colorín. No acallar demasiado ese ambiente jocundo, abierto y un poco vocinglero de una ciudad solar y mediterránea que siente, en yema y corola, la savia nueva de la primavera; pero cuidando un poco de las formas y pensando que somos una ciudad de claro linaje en Europa, famosa en todo el mundo, para no andar en mangas de camisa precisamente a la hora de la visita.
II
En fin de cuentas, ¿cuál es el pensamiento del Consejo Municipal? Ante todo y sobre todo, como ha repetido más de una vez nuestro Alcalde, celebrar las Fallas. Las Fallas forman parte de nuestra normalidad, son una tradición, una costumbre popular de cierta originalidad que ha enraizado fuertemente en nuestro pueblo. Pero comprendemos que esta es precisamente la ocasión magnifica para revisar concepto y volver las cosas a sus cauces naturales. Acaso nuestra misión quedara cumplida total y afortunadamente si lográsemos junto con la celebración de las próximas Fallas el sentar las bases y centrar el enfoque de lo que nuestras Fiestas de San José deben ser ya en lo sucesivo. Y estas bases y orientaciones, más que traducirlas en ordenanzas y bandos, imponiéndolas (en cuyo caso caeríamos en un monólogo infecundo), hay que aspirar a crear y orientar una opinión, un gusto, un orgullo —más que crearlo, recogerlo y aprovecharlo; porque, haberlo, lo hay—, buscando el diálogo fértil y sustancioso entre la fresca iniciativa de la calle y la misión más responsable y reflexiva de la Autoridad. El diálogo, en suma, y colaboración que hay entre el manantial y el acueducto. Por esto, la presente alocución que está dirigida a todos los valencianos, lo está de un modo especialísimo a las Juntas Falleras y a cuantos, por motivos plásticos o literarios, contribuyen y se interesan en estas fiestas.
Poniendo un poco de orden a todas estas ideas, permitidme que concrete un poco más. En primer lugar, un alerta muy tenso ante el lema de las Fallas que antes adjetivé duramente. “Pensat i Fet” ha podido ser un lema lamentable que los valencianos habíamos tomado demasiado en serio. Porque si con estas palabras se intenta celebrar la gracia y actividad de la improvisación, la facilidad y soltura en la ejecución de una obra, todavía tendría pase. Pero la gente lo toma más a pecho, como un elogio a lo incomprendido, a lo espontáneo, a lo natural. Eso, en una palabra, huele a Juan Jacobo Rousseau. Y dicho más limpiamente: a democracia inorgánica e irresponsable que cree en la bondad natural del hombre.
No y no; todos los valores auténticos de la Humanidad son producto de lentos y costosos esfuerzos; no hay nada en el mundo que valga algo que haya sido “Pensat i Fet”. Y todo lo que vale mucho, ha sido hecho después de haber sido muy pensado y elaborado: las Artes y las Ciencias, la virtud y la Historia, la Civilización y el Derecho, la Agricultura, la Industria, el Comercio, todo son escalas de difícil y penosa ascensión. Veis una rosa fragante, como de terciopelo de raso, sus pétalos abarquillados sobre un tallo espinoso lleno de gracia: pues eso ha sido producto de pacientes combinaciones de injertos, de cuidados y mimos exquisitos. Preguntad a Sorolla, a Pinazo, a cualquiera de nuestros grandes artistas, y ellos os dirán el trabajoso camino de estudios y experiencias que les ha costado seguir; y si les espetáis el consabido lema de “Pensat i Fet”, os sonreirán, con una sonrisa mitad desdén, mitad lástima.
Pero aquí solemos creer lo contrario. Somos la tierra de la alegre felicidad. Y es que, sin duda, nos hemos contagiado de ese fácil esplendor que con nuestra tierra nos ofrece frutos y flores. Aunque el labrador y el jardinero saben que esa facilidad es sólo mitad don del Cielo; que la otra mitad es obra de su celo y labor. Facilidad, facilidad... Tierra de artistas. Y ya dijo Juan Ramón Jiménez estas palabras maravillosas que yo haría grabar en todas las esquinas de Valencia: “Facilidad, mala novia”. Estamos dotados de una maravillosa facilidad para el Arte como pocos pueblos de Europa. Hay “pasta”, como vulgarmente decimos. Pero no, pensemos —¡ay!— que esta “pasta” se nos pasa y pone agria, porque no tenemos hornos de estudio, de perseverancia, de rigor y disciplina para cocerla. Esta facilidad y plétora de “artistas” es la que se manifiesta como nunca el 19 de marzo. Pero pensemos todos y sírvanos de lección y advertencia el observar el hecho de que coincidan en una misma fecha las Fallas y los buñuelos.
Quede, pues, este lema de “Pensat i Fet” sólo en lo que tiene de tradición, como graciosa petulancia de un pueblo que sabe improvisar, pero que no abandona demasiado a su propia agilidad e inventiva. En último término, las mismas Fallas alcanzaron su importancia precisamente cuando dejaron de ser “Pensat i Fet”; es decir, cuando se prepararon de un año para otro y hubo cierto plan y cierta organización.
III
En segundo lugar hay que recomendar a las Juntas Falleras, a los que preparan o ejecutan los bocetos, a todos cuantos intervienen en la Fiesta, un cuidado exquisito y una ponderación inteligente en la elección y desarrollo de los asuntos y motivos de las Fallas. Que no tenga que ser el Ayuntamiento ni los Organismos competentes del Estado los que hayan de resolver a última hora, ejerciendo una indeclinable y justificada selección. Nosotros queremos primero recomendar para no tener luego que imponer. Y queremos que se oigan nuestras recomendaciones, no ya sólo porque las hace la Autoridad, sino por lo que tienen de razonables, de preocupación seria por hacer de las Fallas una fiesta que no desentone de Valencia y de España.
Desde luego no estamos dispuestos a consentir ni la más leve alusión a cosas recientes cuya grandeza histórica no podría soportar la endeble arquitectura de una Falla. Lo que ha vivido España durante tres años es Historia auténtica y de la Grande. Ni la Gloria de una parte, ni la vergüenza luctuosa de la otra, son aptas para ser ilustradas en cartón. Para la Gloria se hizo la piedra y el bronce. Para la vergüenza y el crimen, el silencio.
Yo sólo quiero, valencianos, que imaginéis un instante lo que hubieran sido las Fallas de 1940 de celebrarse bajo el signo de una victoria roja. ¡Qué cúmulo de obscenidades calumniosas¡ ¡Qué riada de suciedades y groserías del peor gusto! ¡Qué baja y andrajosa alianza la del pus con el vinagre! Pues bien; la Valencia recuperada por la espada del Caudillo ha de patentizar su incorporación a la Nueva España, haciendo algo totalmente distinto. Es decir, haciendo un alarde espléndido de tacto, de bondad, de ponderación, de cultura, de refinamiento moral, de sentido cristiano. Nada de revanchas ni enconos. Nada tampoco de reverencias ni adulaciones de muy dudosa sinceridad. Naturalidad, gracia, ingenio, normalidad completa. Es la vida que vuelve; sólo un más cuidado gusto y un sentido más firme de la calidad como tributo al estilo nuevo. ¡Que vuelvan las Fallas de San José! Queremos recuperar esta fecha del calendario de Valencia, que si para nosotros ha de estar cuajado, mientras vivamos, de efemérides de luto, queremos rescatar una a una, para nuestros hijos, todas las fiestas luminosas, espléndidas y alegres que se suceden bajo este cielo incomparable a lo largo de un año y otro.
IV
Insistiendo en este tema de los “asuntos” falleros, hay que advertir a mucha gente que una Falla no está obligada a ser siempre una critica atroz y sangrienta, ni una alusión más o menos mal intencionada de la actualidad chismográfica de una plazuela. Desde luego, cuando se mantiene un mínimo de decoro moral y artístico, en estos asuntos pueden hacerse y se han hecho Fallas tolerables. Pero hay un segundo tipo de Falla de mejor ley; y nos referimos a la que, más que critica despiadada o alusión acerba, constituye un sencillo comentario objetivo, desapasionado y hasta amable de hechos de máxima actualidad patria o internacional; eligiendo con preferencia aquellos asuntos de índole deportiva, científica, artística, etc., alejados de los temas políticos, para no incurrir en la fácil y grosera sal de la injuria. En esta Falla, la gracia es natural y saludable clara y limpia. Más que ironía tiene humor; regocija sin ofender, ni mucho menos disolver. Es una alegría culta y campechana.
Recuerdo a este propósito una Falla magistral que se instaló en la plaza de la Pelota. Eran los tiempos de los grandes vuelos transatlánticos; la Falla se titulaba: “De Valencia a Nueva York en les ales d'un parot”. La ejecución era espléndida. Recuérdese aquella descomunal libélula, con el suave azul brillante de su fino cuerpo; la cabezota bruñida, de un intenso verde metálico, aquel tul tornasolado, coruscante, de sus alas enormes; en sus delgadas y espinosas garras, aumentadas como por una lente de excepcional potencia, sostenía en el aire un tranvía, uno de esos amarillos y pequeños tranvías inefables, interurbanos, casi rurales, que cruzan nuestra huerta; y acomodados en él, una serie de tipos valencianos, totalmente indígenas, terrureños, que hacían aquel raid maravilloso dispuestos a dar el salto sobre el Atlántico y competir con el mismísimo Lindberg. Ya veis que el asunto era extremadamente sencillo, nada rebuscado ni cabalístico, sin necesitar explicaciones aparatosas ni ripiosas interpretaciones.
La gracia, el humor, estribaba en la viva actualidad de los “raids” transoceánicos y en su versión local, completamente valenciana del asunto, al elegir ese “parot” tan típico de estas campiñas, tan asociado a nuestros recuerdos infantiles —cuando intentábamos atraparlos con la mano nerviosa y cauta, posado sobre los verdes juncos de los ribazos huertanos— y el pequeño tranvía pilotado por un conjunto tan pintoresco. ¿Era una crítica aquello? No. Ni siquiera un elogio. Era una glosa que poseía el humor popular de nuestra tierra, que no es otro que la socarronería.
Me diréis que hay otros asuntos que tienen la sal por arrobas. Pero permitidme que os advierta que la sal es materia para no gastarla por arrobas, a menos que nos obstinemos en estragar el paladar. Los valencianos hemos de percatarnos que, no ya sólo por ética, sino por estética, debemos administrar la sal y las especias en dosis prudentes y minuciosas.
V
Y para terminar, una última consideración.
Hay un hecho innegable: la evolución urbanística y social, de la que han nacido las grandes ciudades modernas, ha herido de muerte al principal elemento soporte de la Falla: el barrio. Aquellos vínculos que ocasionaba la vecindad se han ido debilitando con rapidez, y en las zonas modernas o céntricas se han diluido totalmente. No existe ya, o existe muy limitado, en el espacio y en la intensidad, aquel calor colectivo, aquella interdependencia comunal, casi familiar, que en países de claro cielo como el nuestro convierte cualquier calleja o plazuela en campo de batallas infantiles, en mentidero sentimental y a menudo agreste de las más desocupadas comadres, en espontáneo “concejo abierto” donde dialogan sus preocupaciones o celebran sus regocijos los pacíficos artesanos.
En un ambiente así, la Falla era una obra realmente colectiva. La iniciativa, la intención del asunto, la administración de los fondos, la organización de los festejos, los ripios del “llibret” y hasta la ejecución rudimentaria, pero sabrosa, de los “ninots”, era obra sincera y anónimamente colectiva. Pero la Falla fué adquiriendo importancia. Demasiada. Y entonces el barrio encargó la ejecución a un “artista”. Fué un caso de abdicación paulatina por la que los falleros iban delegando sus atribuciones en manos más diestras, pero a costa, sin duda, de la espontaneidad y de esa gracia especial que tienen todas las cosas que no son mercenarias. La comisión estuvo en peligro de acabar —y en algunas ocasiones acabó— en simple junta recaudadora. La “plantà”, que reunía a todo el barrio en un frenesí nocturno de maderas y martillos, buñuelos, aguardiente y chacotas, vino a parar en una pura y simple tarea noctámbula de carpintería.
En circunstancias así se desarrollaron los ciclos falleros de los últimos años anteriores al Alzamiento. Las exigencias económicas eran cada vez mayores mientras el entusiasmo y la fácil esplendidez del vecindario decrecían conforme se relajaba esa pintoresca independencia de vecindad movilizada. Es la hora en que la fiesta se ha monumentalizado. La hora en que algunas gentes demasiado ingenuas aseguran que las Fallas son la encarnación y el pináculo, la más espléndida y alta manifestación del Arte de Valencia; blasfemia candorosa por la que muchos paisanos y no pocos forasteros irán a pasar a las neutrales tinieblas de aquel Seno de Abraham, más comúnmente conocido con el nombre del Limbo.
En situación semejante se produjo el Alzamiento. Tras el terror rojo y la guerra, la victoria. Una victoria que los espíritus cómodos y burgueses tomarán como un goce y una siesta, pero que para todo hombre cabal ha de ser un cúmulo angustiado de responsabilidades y exigencias, una revisión y valoración de todos los elementos nacionales, un orden nuevo que todo lo integre y lo informe, desde los altos conceptos que inspiran la política, la economía y la espiritualidad, hasta los perfiles —al parecer baladíes— de unas fiestas que en el pueblo se manifiesta y solaza.
Y en este momento crucial y decisivo, cuando con la normalidad de la vida Valencia va recuperando, una a una, todas las fiestas incomparablemente bellas y luminosas que esmaltan su calendario, es prudente pensar qué nuevo elemento podría participar en el quehacer fallero que vigorizase su sistema económico, prestase a la fiesta un calor de obra colectiva e ilusionada, le suministrase nuevos filones de sal y gracia popular menos explotados que los temas de barriada o de intención política y le diese, sin necesidad de sacar las cosas de quicio, amplitud e interés nacionales. Yo estimo que semejante misión nadie puede satisfacerla tan felizmente como los Sindicatos. Desde luego que este proceso novatorio no es, ni conviene que sea, obra de uno ni de pocos años. Obra más bien paulatina en la que elemento gremial, tomando el legado de los barrios, nos cuaje y encaje las Fallas dentro del moderno orden de España y del mundo.
En la esfera económica sólo la organización sindical puede realizar, con equidad distributiva, las aportaciones con que la producción valenciana, más directamente beneficiada con esta fiesta, debe contribuir y colaborar.
Igualmente nadie como nuestros Sindicatos puede robustecer y conformar de nuevo esa atmósfera de cosa colectiva sin la cual una Falla deja de ser el complot ilusionado y pintoresco de una vecindad confabulada y degenera a veces en un simple acto de gestión. Y es que, además de la que podríamos llamar vecindad domiciliar, existe también la vecindad ocasionada por la similitud del oficio y la convivencia en el trabajo. En la vida social al advenimiento de la gran Técnica moderna coexistían ambas modalidades de vecindad. Los de un mismo oficio o gremio solían agruparse en un mismo barrio o calle, de lo cual tantos vestigios quedan en Valencia o en cualquier ciudad de Europa: Platerías, Curtidores, Cerrajeros, Adresadors, Lana, Carbón... Con la organización fabril y comercial que ha impuesto la Técnica desapareció esta coexistencia de vecindades, dispersándose la domiciliar de la del trabajo. ¿Será mucho que, con afinado sentido político de la hora actual, se aprovechen cuantas ocasiones ofrezca la vida —y ésta de las Fallas es, más o menos importante, una de ellas— para relacionar otra vez esas dos maneras de comunidad y dependencia que originan la residencia y el oficio?
Se comprenderá, pues, por las anteriores razones, que la intervención sindical en las Fallas tiene que aspirar en años sucesivos a una más ambiciosa participación que la simplemente económica. En el ingenio, intención y perfil de un boceto de falla, la aportación gremial había de producir resultados muy fertilizantes. No olvide nadie que hay una gracia aburguesada y estática, chismoncilla y vulgar, propia de la gente desocupada; pero existe un ingenio de la gente que trabaja y brega, menos mordaz que el simple comadreo, pero más agudo, fino y dinámico: una gracia más mascullada y saludable que prestaría al festival fallero ese tono moderno y simpático de las grandes expansiones populares contemporáneas en las que celebran su fecunda alianza el Trabajo con la Alegría.
He aquí otra ventaja más de la participación sindical: la turística. Es completamente absurdo hacer turismo valenciano de cierto rango a base de unas fiestas como las Fallas, cuando en Valencia tenemos las posibilidades que nos ofrece unas grandes Fiestas de Primavera, desde la Virgen al Corpus, con el antecedente dramático “dels milacres de Sant Vicent”.
El Corpus puede ser y será nuestra Fiesta del esplendor y rango que nos permita una propaganda europea y aun mundial de alto estilo. Pero las Fallas no permiten otra propaganda que la que esté en consonancia con su carácter popular y casi espontáneo. En la festividad de un santo típicamente artesano como San José, apoyándonos en la C.N.S. españolas podríamos hacer turismo sindical, obrero, altamente simpático; algo de lo que ya este año se ha hecho invitando a Flechas y Cadetes de las OO.JJ. de toda España. Y si queremos ampliar la perspectiva, pongámonos en relación con “Dopolavoro” italiano, con “La Fuerza por la Alegría” de Alemania, con otras entidades similares de Europa y América y habremos hecho del San José valenciano una jornada simpática, alegre, sin chabacanerías, moderna y de resultados magníficos. En los días marceros, cuando la primavera valenciana, la más precoz y fragante de España, llena el aire de una indefinible caricia, y el capullo asoma con un perfil ilusionado de víspera floreal, Valencia tiene un momento más propicio para iniciar la propaganda que permite nuestro mar, nuestros naranjales en flor, nuestra huerta; el ciclo primaveral y estival de nuestras fiestas, nuestra playa y nuestros jardines...
Valencianos, muchas cosas hay que hacer para que nuestra Valencia sea la gran ciudad mediterránea que merece. Pero sobre todo tengamos un sentido más responsable, más depurado y culto de todas las manifestaciones valencianas. Por eso hemos querido ponernos en contacto con vosotros antes de que las Fallas entren en plena actividad, para comunicaros nuestro pensamiento y que participéis de nuestras orientaciones, como participaréis de nuestro apoyo.
Ahora, escuchad a vuestro, a nuestro Alcalde. Valencianos:
¡VIVA FRANCO! ¡ARRIBA ESPAÑA!
[discurs emés per Radio Valencia el 9 de desembre de 1939 i publicat el mateix any en un opuscle titulat Rumbo del Orden Nuevo. Las Fallas. Palabras epilogales del Alacalde de Valencia. Excmo. Sr. Barón de Cárcer]
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