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por Joan Fuster*
Desde luego, también convendría “tomar en serio” a las fallas de vez en cuando. Por lo general, el público indígena se contenta con participar más o menos directamente en la fiesta, y apenas tiene conciencia del alcance y de la complejidad que ha ido adquiriendo el tinglado. Y guste o no, el hecho es que las fallas constituyen algo muy importante en la “vida colectiva” de la ciudad de Valencia y sus alrededores. Muchas cosas de las que ocurren por aquí resultan bastante “incomprensibles”, si se pierden de vista su contexto “fallero”. Puede que, en otras circunstancias, el fenómeno hubiera tenido un cariz y un peso específico diferente; pero las circunstancias han sido y son “éstas”. No hay que darle vueltas. Por tanto, sería peligroso desentenderse del asunto. En el horizonte urbano, las fallas vienen a ser, además de una “fiesta”, un “factor económico”, una “forma de organización social”, una “técnica artesana”, una mentalidad”… Que cada cual valore todo eso como prefiera. No cabe duda, sin embargo, que el fondo de la cuestión merece un interés resuelto y meticuloso. Y tan extemporáneos serían el desdén como el bla-bla-blá panegirista.
Al postular que “tomemos en serio” a las fallas pretendo sugerir que las sometamos a “estudio”. Nada menos que a “estudio”. Con óptica rigurosa. La del sociólogo, por ejemplo. Conocí a un clérigo extrañamente sudamericano, huésped del sanatorio de Portaceli, que se proponía redactar su tesis doctoral sobre las fallas, desde este ángulo. No sé qué se hizo del reverendo aludido. No sé si llegó a ramos de bendecir alguna tesina que, en nuestra Facultad de Letras, iba por igual camino… La sociología es una opción. Otra, la historia; otra, la economía; otra… Se ha trabajado poco, casi nada, en estos sentidos. Quizá por falta de posibilidades materiales para hacerlo; quizá por exceso de miedo a herir susceptibilidades administrativas. La media docena escasa de libros que se han escrito acerca del particular —incluyendo uno mío—, no pasan de meras divagaciones aproximativas o de resúmenes anecdóticos. Se impone proyectar intentos más severos.
Si el cotarro dirigente tuviera un mínimo de sensibilidad para tales problemas, de él mismo podría partir la iniciativa. Con sólo una pequeña parte del dinero que se disipa en pantomimas marginales, cabría pagar los gastos de investigaciones, de archivo, de edición, de encuestas. Pero no hay que pedir peras al olmo. Ni siquiera es imaginable que exista la menor preocupación por aspectos decididamente “inofensivos”. Pienso en uno: en lo de la “técnica artesana”. Nadie dirá que se trate de un asunto malicioso. Y con todo…
La verdad es que, llámese “técnica artesana” o “arte”, la producción fallera se presta a un examen curioso, a un análisis lleno de lecciones y de sugerencias. En última instancia, la falla pertenece al área caricaturesca de la escultura. Sus confeccionadores son verdaderos escultores de la burla y de la habilidad con que manejan el sarcasmo como materia prima, depende la mayor o menor “gracia” del artefacto. Pues bien: en cien años, o poco más, que dura la tradición, ¿qué han hecho, cómo han evolucionado, qué influencias han recibido los “artistas”? ¿Qué “estilos” se pueden rastrear? ¿Quiénes han sido los “innovadores” dignos de reseñar? ¿Hasta qué punto los “cambios” se han debido a la introducción de materiales nuevos, y hasta qué punto obedecieron y obedecen a un aumento de disponibilidades crematísticas?... Las preguntas podrían alargarse. Y, como se ve, tienen su miga.
No entra en mis cálculos recargar las tintas: el tema es modesto, de tamaño municipal, y, además, semi-folklórico. Pero esto se da por descontado. Con tal premisa, en efecto, habría que emprender la indagación. Tal vez presente dificultades. Al fin y al cabo, una falla no es un cuadro ni una estatua: predestinada a que la quemen, únicamente queda de ella un vago recuerdo “gráfico” en los bocetos, en alguna fotografía, y no siempre se recogen en ellos las perspectivas y los detalles que más convendría retener. A pesar de todo, habría que hacer la prueba. Y habría que empezar por la recopilación de datos. Es posible que la Junta Central Fallera tenga montado un servicio “archivístico” de esta índole. ¿Actual, retrospectivo? Lo ignoro. Sea como fuere, el tema queda sobre el tapete.
El repertorio de consecuencias y de implicaciones que su planteamiento sacaría a la luz, sería revelador. Los “artistas falleros”, en definitiva, no son gente de nivel literalmente “folklórico”: antes he dicho “semi”, con toda cautela. Proceden de San Carlos, en su mayoría. ¿O no? Por ahí —pongo por caso— ya se derivarían numerosos interrogantes, significativos en la respuesta que consigan. ¿Cómo les enseñaron, cómo aprendieron? ¿Qué actitud “estética” asimilaron? ¿Qué “piensan” de Sorolla, de Picasso, de Pollock? ¿Sigue siendo su “ideal” la Estación del Norte, el edificio del Banco de Valencia, los monumentos a don Teodoro y al marqués de Campo? ¿A qué viene tanto rococó, tanta reminiscencia versallesca, en algunas fallas de los últimos años? ¿Depende de ellos, de los “artistas”, o bien es el “gusto” de su clientela?...
Las fallas, en su origen, fueron maniobra de artesanos, de barriada popular; hoy son, si no me engaño, exclusiva de esa extraña “clase media”, confusa y ambigua, retractada de su viejo blasquismo, que parece predominar en el censo de la capital. No llega a “burguesía”, aunque por mimetismo y por subordinación tome a menudo sus apariencias; tampoco es ya “pueblo”, si bien conserva algún atavismo sonriente. De esta multitud que cotiza, que se agrupa en “comissions”, que se divierte con el festejo, sale la “plástica” fallera actual. Para conocerlas a ambas, a la plástica fallera y a la multitud digamos mesocrática, el “estudio” que apunto no sería superfluo…
[publicat en la revista fallera Festivitat, març, 1969]
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