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Valencia, la gran silenciada Cuando enmudecen los hombres... ¡hablan las piedras! Martín Domínguez*
¿Qué ha pasado en Valencia?
¡Bonica!... que ésta es la palabra espontánea, oh Fallera Mayor nuestra, que empleamos los valencianos ante la urgencia de una mujer guapa que sentimos próxima;
Princesas..., geografía viva de nuestra idolatrada España;
Excelentísimos e Ilustrísimos señores;
Valencians.
Españoles todos...
¿Qué ha pasado en Valencia que ha sido posible este milagro al que estamos asistiendo y del cual, en mayor o menor grado, todos somos protagonistas?
¿Qué ha pasado en Valencia y en España, excelentísimo señor ministro, don Pedro Gual Villalbí, catalán, español y valenciano?...
(Gran ovación al señor ministro, que asiste al acto, ocupando el palco del Capitán general.). ¿Qué ha pasado en Valencia y en España que en sólo cinco meses hemos sido capaces de llegar de aquella ciudad desolada de octubre que vos conocisteis, señor ministro, al prodigio sin igual de esta Valencia de marzo?
Realmente, para los que estáis aquí, en el teatro, el discurso está hecho ya con la sola contemplación de este trono múltiple, en el que Valencia, con los naipes que han puesto en sus manos las demás regiones españolas, ha logrado reunir el más fabuloso repocker de Reinas que se haya visto, jamás en el mundo. (Gran ovación.)
Un repocker tan claramente insuperable que ha merecido el envite de esa esplendorosa ofrenda de flores que han hecho a nuestra Fallera y a su Corte los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, todas las corporaciones y entidades valencianas y las Casas regionales de nuestra ciudad, poniendo ante este repocker ese “resto” en el cual ha echado el resto España entera... (Ovación emocionada.)
Gran honor pronunciar este año el discurso de proclamación de nuestra Fallera Mayor... ¡Pero gran dificultad y gran responsabilidad!
Gran dificultad. Porque ¡qué difícil, por ejemplo —y los que estáis pacíficamente alojados en esas butacas poneros en mi caso—, encontrar para este acto la onda exacta, el tono justo, válido por igual para el júbilo que nos embarga, como para el dolor y el luto que no ha desaparecido todavía de nuestra alma! ¡Y qué responsabilidad también si, desaprovechando esta tribuna —porque Valencia tiene pocas ocasiones para que se hable de ella—; esta tribuna de tan largo alcance y de tantas posibilidades de penetración valenciana en la conciencia nacional, yo me dedicara sólo al juego insustancial de brillantes pirotecnias oratorias!
Decía hace pocas semanas nuestro Gobernador civil, don Jesús Posada Cacho, que el paréntesis de alegría bulliciosa de estas fiestas abierto en medio de tantos problemas y preocupaciones como tenemos pendientes en Valencia, es como la copa de buen vino quinado que necesitan los convalecientes. Pues bien; si esa copita ha de ir acompañada de alguna “tapa” retórica, yo no podría perdonarme el malgastar el breve tiempo que me he impuesto en frivolidades hojaldrosas, Valencia necesita en este momento de cosas nutricias... ¡Necesita jamón! Jamón de ideas claras y valientes, de conceptos lúcidos y firmes...; no de brillantes parrafadas líricas.
Consiéntanme, pues, esta Reina y estas Princesas que, para entrar en materia cuanto antes, yo eluda el preámbulo madrigalesco que suele ser protocolario en actos como éste. Y que aquí resulta innecesario. Por dos razones. Primera: ¿Para qué esforzarse en proclamar lo requeteguapísimas que estáis —y que sois— si los ojos de cuantos al acto asisten no se cansan de comprobarlo? En cuanto a los que no nos ven y siguen el acto a través de estos micrófonos de las emisoras, sería pueril intentar describir el pedazo de gloria en que se ha convertido este maravilloso escenario. Más que de la palabra yo querría valerme de un sistema retransmisor de televisión.
Y en segundo lugar por una razón de más peso. El mundo actual, siguiendo la arrolladora corriente de lo utilitario, aparta y hasta desprecia todo lo que sea realmente eficiente y activo. Nos guste o no, lo cierto es que las nuevas generaciones —y yo estoy con ellas— se sienten dominadas por una tremenda sensatez de lo práctico. Ahora, por ejemplo, ¿qué puede importarles a estas muchachas preciosas que un señor de la edad de sus padres les diga en público unas inspiradas bobaditas líricas, cuando yo sé que ellas cambiarían todos los madrigales de Gutierre de Cetina y todas las encendidas estrofas de Ausias March por media docena de palabras vulgares, y hasta detonantes, que un muchacho de veinte años les dijera al oído? (Aplausos.)
Reina y señora nuestra: Os suplico que me eximáis por todo ello de cualquier intento madrigalesco. Yo, a cambio, y en esa línea de la eficiencia práctica, pongo a vuestros pies, en lugar de un requiebro literario, un deseo fecundo: el que tengáis pronto, si no las habéis tenido ya, cien enamoradas declaraciones; y que sea el elegido de vuestro corazón, cara a un hogar español y cristiano, el que os diga esas eternas dulces bobadas, que sólo entonces dejan de serlo porque son vida y no literatura. (Aplausos.)
En cuanto a vosotras, oh maravillosas Princesas venidas a Valencia de todos los Reinos de mi patria, yo os ofrendo también, dentro de esa línea más práctica que versallesca, un deseo y un augurio sabrosos: cuando acabadas nuestras Fiestas Falleras emprendáis regreso a vuestras regiones respectivas, que no sea la totalidad de vuestra persona la que se haya, sino que quede aquí, en Valencia, como rehén, vuestro propio corazón, enredado para siempre entre las zarpas viriles de algún valencianet bien plantado, de los bautizados en Sant Valero de Ruzafa, Sant Joan del Mercat o el Carmen... (Risas; ovación.)
Queridos falleros: entremos cuanto antes en materia. Anem al gra, como vosotros diríais. Porque este discurso (no os asuste la palabra discurso; ya sé que habéis dormido muy poco y que la oratoria es un soporífero eficacísimo); este discurso, repito, aunque dirigido a todos los valencianos, desde Morella a Elche, desde Segorbe a Villena o Ayora, desde Vinaroz a Torrevieja —y a todos los españoles, desde Finisterre a Rosas, desde Santander a Tarifa—, se dirige especialmente a vosotros. Y quisiera que me acompañarais en estas reflexiones en voz alta, pero no de una manera pasiva, como simples espectadores u oyentes, sino que participarais de manera activa y militante, como si os sintierais empuñando una lanza. Porque eso vamos a hacer, ante la faz de España: a romper unas lanzas en honor y defensa de Valencia. Vosotras, en tanto, oh preciosas mujercitas de España, quedáis en vuestros tronos presidiendo el torneo viril.
* * *
Cuando un pueblo, como un individuo, llega a un momento cumbre de su existencia, a un momento decisivo, necesita dar un frenazo en seco y ajustarse las cuentas estrechamente consigo mismo. Necesita hacer un balance sincero. Necesita —¿por qué no emplear el término?— someterse a un detenido y valiente examen de conciencia. Y en este examen de conciencia valenciano que yo quisiera que hiciesen todos juntos, ¿qué palabra o concepto nos podría servir para sintetizar la situación de Valencia antes de la riada, dentro de nuestra propia casa y fuera de ella?
Mirad: si este discurso hubiera de llevar algún título yo le pondría éste, inspirado en una famosa frase evangélica: “Cuando enmudecen los hombres hablan las piedras”.
Porque los hombres enmudecen, enmudecemos a veces, por inconsciencia, por ignorancia, por comodidad, por cobardía... Y en esos momentos injustos de silencio Dios permite que hablen las piedras, es decir, el mundo inanimado, porque el mundo dotado de alma ha callado cobardemente.
La palabra que sintetizaría la verdadera situación de Valencia, dentro y fuera de la riada, es ésta: Silencio. Valencia era, permítaseme decirlo, la gran Silenciada.
No era un silencio malévolo, no. Era un silencio de buena fe. Y ahí estaba lo grave. Porque en los males de buena fe la raíz del fallo es inconcreta y más difícil de combatir. No era desvío alevoso. ¿Por qué había de serlo? Era desvío por despiste, como ahora se dice. Éramos el “Levante feliz...”; el rincón florido de España... realmente arrinconado para todo. Seguíamos siendo potencia española primerísima en Zurich o Bruselas, en Hamburgo o Liverpool, en París, Estocolmo o Varsovia. Pero en Madrid, a la hora de las rutas turísticas o de la electrificación de ferrocarriles o de los cambios o de las grandes realizaciones urbanológicas..., ¡qué poco pesábamos!
Y no era recelo lugareño ni
hipersensibilidad provinciana quisquillosa. La prueba está en que tal
“silencio” lo percibían más claramente que los
mismos valencianos y lo comentaban más sorprendidamente que nosotros mismos,
los españoles procedentes de otras regiones residentes en Valencia. Os
contaré, a este respecto, un hecho que nadie conoce. Siendo Gobernador civil
de Valencia don Ramón Laporta me insinuó sobre la
conveniencia de que le acompañara en uno de sus viajes a Madrid —era yo
entonces presidente de
Y fuimos a Madrid, y recibimos toda clase de facilidades y de sonrisas y de parabienes y de abrazos, con esa campechanía maravillosa que Madrid tiene, ¡madrileña bonita!, para todos los españoles. Pero la cosa siguió igual.
* * *
Pesábamos poco (empleo el pasado, afortunadamente); pesábamos poco... ¿Pero es que nosotros teníamos verdadero peso? Recordemos que estamos haciendo un examen de conciencia: No acuso, ¡por Dios! Yo no tengo autoridad para acusar a nadie; expongo hechos con la valentía y con la claridad de un médico, de un médico que está haciendo un diagnóstico. (El jamón dé las ideas claras de que hablaba antes.) Un diagnóstico del silencio de Valencia. ¿Es que nosotros no habíamos echado por la borda, o dejado que nos arrebataran, con una pasividad feminoide, nuestras esencias y nuestras tradiciones más santas? ¿Cómo queríamos pesar en el resto de España si nosotros no pesábamos en nuestra propia casa?
¿Y es esto una tan grave falta? Mirad: anterior y por debajo de los preceptos del Decálogo hay un Mandamiento que afecta no sólo a todos los hombres, sino a todos los seres vivos; no es un Mandamiento de índole moral, sino biológica. Este Mandamiento podría enunciarse diciendo que cada criatura tiene como primerísima obligación, primerísima obligación biológica, el ser lo que Dios la ha hecho. El peral ha de ser peral y no manzano; la amapola, amapola y no tulipán; la paloma, paloma y no tórtola; el caballo, caballo y no cebra. Estoy empleando géneros próximos para no extremar los términos comparativos y jugar limpio.
¿Y es que ese absurdo puede darse? Esto de que el peral tenga la obligación de continuar siendo peral, parece una perogrullada; pues no lo es.
El agricultor sabe que hay plantas y hay árboles en los cuales por un proceso de perversión biológica, cuyo secreto desconocemos, ciertas especies van evolucionando como pareciendo que abdiquen y abjuren sus características, queriendo ser otra cosa de lo que Dios las ha hecho. Es el fenómeno botánico del bastardeamiento. El labrador valenciano tiene para esto una palabra tremenda; os dirá: “Esta perera, este arròs, esta bresquillera, este taronger, esta llimera, s’ha rebordonit”.
Y entonces si la planta tiene que hacer su simiente de ella misma, hay que buscar nueva simiente; no sirve ya; o, si es especie arbórea, hay que buscar nuevo injerto.
Este fenómeno de rebordoniment se caracteriza en que las hojas van perdiendo brillo, tamaño, lozanía; los frutos son cada vez más pequeños y más ácidos. Por fin se hace estéril. Porque por el peso de unas leyes sobre las cuales ha montado Dios el orden de la creación, aquello que no responde a lo que es, acaba siendo estéril; ley de esterilidad, última pena que el Creador descarga sobre los que son traidores a su propio ser y a su propia raza.
* * *
Valencia estaba llena de pequeños silencios y de pequeñas claudicaciones.
No busquéis en las enfermedades grandes, síntomas grandes; las enfermedades graves se revelan a veces por síntomas pequeños. Yo vaya traer aquí sólo unos hechos; pequeños, insignificantes, al parecer sin importancia; aisladamente no la tendrían, pero en conjunto van formando esa silueta de la gran silenciada en su propia casa.
En una conferencia en el Ateneo
Mercantil ya expuse (expongo hechos, no acusaciones; además, la cosa se hace
siempre de muy buena fe, esto es lo grave; de una absoluta buena fe); expuse,
repito, en el Ateneo Mercantil el hecho de que los valencianos que hicieron
el primer ensanche fueran capaces de dedicarle aquí, en Valencia, una calle a
doña Isabel
Si en Madrid el hecho es grave,
¿qué será en Valencia? Pues bien, Valencia le dedica una calle a doña Isabel
Pero ahí están, separados; y no por los de don Fernando, sino por los de doña Isabel.
Si entráis en la basílica de
¿Qué hubiera pasado en España si
en la basílica de
¡Y el centenario de San Vicente
Ferrer, en cuyos actos cívicos solemnísimos —únicos a los que yo debo referirme—
no sonó ni una sola palabra en valenciano! Que da la coincidencia de que no
sólo es la gloriosa lengua mediterránea de
Hechos aislados, pequeños, sin importancia en sí considerados; pero como diagnóstico, alarmantes.
Silencio en casa. Silencio fuera. Cuando perdura tanto silencio, las piedras acaban hablando.
Y en ese tremendo silencio se
produjo el golpe, se produjo el aldabonazo de
Mejor dicho, los tres golpes, porque han sido tres desgracias las que han afligido a este vergel de España. Tres golpes seguidos como los tres actos seguidos de un drama, sabiamente dosificados en una grabación dramática, por ese Autor del Gran Teatro del Mundo, como le llamaría Calderón. Que Dios supo muy bien graduar dramáticamente y de un modo magistral los tres golpes que había de descargar sobre Valencia.
Primer golpe. Helada del año 1954. Helada gracias a la cual España comienza a darse cuenta de que Valencia es la columna fundamental económica que tiene nuestra patria de cara al exterior. (Ovación.)
Segundo acto. Segundo golpe. Pavorosa y anonadante helada de 1956, en la cual ya definitivamente todos a una, en España y en Europa, se dan cuenta de que Valencia y su naranja son “El Plan Marshall” de España. (Ovación.)
Me interesa mucho recordar los
dos golpes, porque incluso en la ciudad de Valencia, ciudad alegre y a veces
confiada, no se dieron cuenta muchos del tremendo contratiempo que las
heladas significaron. Y yo os digo que el tercer acto no hubiera tenido la
repercusión nacional e internacional que ha tenido, si no hubiera sido porque
Vino el acto tercero, el golpe final, el último aldabonazo: la riada de octubre de 1957. Hablaron las piedras, hablaron los elementos.
Y entonces se produjo una conmoción
nacional, uno de esos hechos unitarios que se producen quizás sólo cada
siglo,
Valencia la guapa, que parecía no necesitar nada, que tenía tantos novios por Europa, se vio herida tan de muerte, que las demás regiones españolas se sintieron como nunca hermanas de ella.
Y los valencianos... Los valencianos sentimos fulminantemente la necesidad de manifestar a Valencia calladamente, como íbamos por las calles encenegadas aquellos días, nuestro inmenso amor, que era desagravio también y era también remordimiento.
Y creció nuestro amor porque nos dimos cuenta que Valencia estaba más hermosa todavía en su tribulación, que en su luz y que en su belleza. Las mujeres verdaderamente guapas, vosotros lo sabéis, están hermosísimas después de pasar por el tocador, después de adornarse de joyas y pieles. Pero, ¡ah!, Cuando viene el dolor, después de haber velado a un enfermo grave y querido; después de haber hecho el velatorio del cadáver de un ser amado, después de esos zarpazos de la vida, irritados los ojos por los cristales de las lágrimas, temblorosas las manos, desencajado el rostro... ¡qué guapa está la mujer que es guapa de veras cuando el dolor acude a su puerta!
Y Valencia estaba así de hermosa.
¡Qué hermosa estabas, Valencia mía, en aquella
tercera semana de octubre, con el corpiño rasgado, con los zapatitos de raso
sucios de barro que enlodaba también tus tobillos de nardo; las manos
temblorosas por el espanto todavía, y los ojos dirigidos al cielo, clamando:
“Pare Sant Vicent Ferrer,
Mare de Déu deis Desemparats,
¿qué ha passat ací?” ¿Qué
ha pasado aquí, San Vicente Ferrer y Virgen de los Desamparados? Yo volvía
a
Y ella, en esas noches, cuando todos dormían bajo la paz primera de los que nos ayudaban y la custodia del Ejército, que comenzaba ya a ganar la batalla del barro, en esa paz de las noches otoñales, parecía gemir en voz baja: “¡Virgen mía, Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí?” Yo hubiera querido tener la voz de los vendavales para haberle dicho a Valencia: que como habemos callado todos y sobre todo han callado tus hijos los valencianos tanto tiempo, han tenido que hablar las piedras, ha hablado el Turia, para decir esas cosas que deben decirse cuando los hombres callan. (Gran ovación.)
¿Qué hace el maestro de escuela? ¿Qué hace el maestro de escuela cuando ve una palabra ortográficamente mal escrita o una operación matemática que no está bien resuelta? Lo subraya con el lapicerazo rojo, ¿verdad? Subraya con lápiz rojo aquella palabra, aquella operación que no está bien hecha. Pues Dios también tiene un lápiz rojo en la mano. ¿Qué nos pasó a los españoles en el año 36? España, por un proceso biológico de bastardeamiento, de rebordoniment, no quería ser España; y fue necesario que Dios cogiese el lápiz, y con el incendio de tantas iglesias y con el “paseo” de tantos mártires, subrayó en rojo a España para que se salvara, ¡que estos son los signos salvadores del lapicerazo rojo!
Y lo mismo el año
57: ante el silencio cobarde de los valencianos y el silencio frívolo del
resto de España, he aquí cómo la providencia sacó el lápiz rojo de las aguas
del Turia. Y el lápiz se apretó tanto contra el
cuaderno de Valencia que dejó algo más que un trazo pictórico, un trazo
plástico: hizo un trazo en relieve, grumoso, fue aquel barro inolvidable. El
barro de Valencia fue el lapicerazo de Dios. Ese barro, para quitar el cual fue necesario que viniese el Ejército de España.
* * *
Qué gran deuda de gratitud con el Ejército. Nosotros los valencianos queríamos testimoniársela en un acto solemne; pero el Ejército, que por eso es Ejército, porque se ejercita, que quiere dar a las mayores proezas un sello de naturalidad y normalidad, en cuanto acabó la tarea desapareció, sin aceptar aplauso ni homenaje ninguno.
Pero en este acto, en la persona de aquellos soldados condecorados, en la persona de aquel soldado que murió y que no podemos olvidar, en las personas de los jefes y oficiales de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire; en la persona de nuestro Capitán General, y, sobre todo, en la persona de nuestro Caudillo, primer español valedor de Valencia, padrino de Valencia, padre de Valencia dos veces, porque la liberó la primera vez y la está liberando de nuevo ganando a pulso y hora a hora la batalla del Turia; en las personas de todos estos soldados, desde el más humilde al Generalísimo, Valencia quiere rendir el homenaje de su recuerdo, de su admiración y de su afecto. Y no pido un aplauso, que yo sé que sonaría unánime y fervoroso, porque los aplausos pasan; y no estamos para cosas que pasen, sino para cosas que queden. Que grabéis en vuestro corazón la imagen de esos soldados y ese Generalísimo metidos en el barro y en las ruinas de Valencia; que los grabéis en vuestros corazones, eso os pido. Nada de aplausos, que lo que tenemos, a veces, es falta de memoria... (Muchos aplausos.)
Todas las regiones y todos los pueblos de España y las naciones amigas (sería interminable la enumeración y quiero terminar pronto) vinieron en ayuda de Valencia. Porque cuando las piedras comienzan a hablar, acaban hablando los hombres.
Las piedras pueden dar voces, lo dijo el Señor. Era el domingo de Ramos, y los fariseos, que representaban el partido “conservador”, los sesudos, los atornillados a unas tradiciones puramente formularias, les pareció que aquella chiquillería, que aquellas gentes sencillas que aclamaban al Salvador componían una apoteosis un poco barata. Ellos eran un tanto académicos; seguramente que si hubieran vivido hoy irían de chaqué, gentes, muchas de ellas, muy buenas, puesto que ya se habían adscrito al bando del Señor; pero conservaban recelos de la buena clase a que pertenecían. Eran eso que en valenciano llamamos “coents”, de lo cual tenemos en Valencia un caudal muy bien surtido. Ellos le dijeron al Señor: “Reprende a tus discípulos”; es decir, hazlos que callen; esto nos parece una boda barata. Y el Señor, que sólo aprecia las apoteosis sinceras, aunque sean baratas, mirando a las gentes sencillas, les dijo aquella frase tremenda: “Si éstos callan las piedras darán voces”.
¿Y es que las piedras pueden dar voces? ¡Sí, sí!, pueden
dar voces; las dan, las dan muchas veces. Y no sólo por motivos de índole
religiosa o moral, sino, incluso, por aspectos históricos y políticos de los
pueblos. Cuando
* * *
Yo temo que al salir de este acto e ir a casa, cuando pregunten a alguno de los presentes lo que aquí ha sucedido, el interpelado, además de contar las magnificencias que todos habéis visto, añada después: “Y hubo un señor que ha dicho, que como sólo le dedicamos calles a la reina de Castilla y no hablamos en valenciano..., se n’ha eixit el riu”.
Yo me defiendo a priori, porque estoy acostumbrado a leer las reseñas de los periódicos; me defiendo, a priori, de esta versión chusca y simplista, advirtiendo que yo no he dicho eso.
Pero mirad, tampoco dejo de decirlo. Porque, efectivamente, las piedras hablan cuando los hombres callan. Y hablan no sólo, las piedras, sino los montes, los ríos, los valles y las flores...
Que hablan las flores cuando las piedras han hablado, la prueba la tenéis aquí, que han venido todas las flores de España a habla de Valencia al oído para decirle las palabras de consuelo de aliento y de esperanza más hermosas que se hayan podido concebir.
Yo quisiera dar las gracias en
nombre de Valencia, en nombre de
A ti, Cristina Álvarez-Buylla, la
de Asturias, que en tu figura soberbia y en tu belleza suavísima, nos has
traído a Valencia las dos maneras hermosas que tiene Asturias de ser bella:
la de sus montañas magníficas, Altar Mayor de
Y a ti, encantiño gallego, Faly Vázquez, encantiño gallego de ojos profundos, que nos has traído las profundidades luminosas de las rías coruñesas y pontevedrinas y la profunda poesía de los bosques y de los prados de tierra adentro, y la cantiga suavísima y balsámica de Rosalía,
Cantart’ei Galicia na lengua gallega consuelo dos males alivio das penas,
esa copla que parece estar hecha para Valencia y para esta ocasión.
Y a ti, María del Camino Álvarez-Cadórniga Valdueza, que nos traes del gentilísimo Reino de León, vuestra gentilísima figura, de ese reino de León que es docto en Salamanca, que es letrado en Valladolid, labriego en Palencia, épico en Zamora, gallardo y regio en esa León tuya, que tiene la catedral más bonita y más luminosa de España, casi tan bonita y tan luminosa como tú.
Y a ti, Castilla
Y a ti, Castilla
Y a ti, Extremadura, Felisa Murillo, vara en flor de esa tierra ancha y larga como había de ser la cuna de los conquistadores, de esa Cáceres que es hidalga, de esa Badajoz que es bulliciosa, de ese Reino de Extremadura que es casi virreinal en Trujillo, que es imperial en Guadalupe y en Yuste, que es augusto y clásico en la sin par Mérida.
Y a ti, María Covadonga de Icaza, que vienes de aquella Vasconia —iqué maravilla!—, de aquella amada Vasconia a esta tierra de moreras y de naranjos, tierra la tuya del árbol de Guernica; de aquella tierra que tiene un idioma antiguo y venerable emparentado con nuestra topografía valenciana ibérica; a ti que tienes la elegancia y la fortaleza de tu tierra que es elegante y bella en sus praderías y caseríos, y es fuerte en sus altos hornos, en sus industrias, en sus chimeneas y en su temple.
Y a ti, Blanca Errea, la de Navarra, que tienes el nombre y la figura realmente de princesa, que eres la hija de una reina y un rey, que debes tener un palacio en Pamplona y otro en Estella, y un huerto perfumado en Tudela y un nido de águilas reales en las cumbres pirenaicas de esa Navarra que es también mitad de nuestro corazón, mitad de nuestra alma.
Y a ti, Luisa María Arroyo; a tí, zaragozana, aragonesa, junco del Ebro, nieve del Moncayo, estrellita de brillantes arrancada para Valencia al dosel del Pilar; que vienes de esa tierra de tradiciones viriles; que vienes de esa tierra aragonesa que con Cataluña es germen y vara en flor del Reino de Valencia; que vienes de esa tierra maravillosa de Huesca, de Zaragoza y de Teruel, que los valencianos consideramos casi como nuestra casa; y llevas todo el garbo y todo el señorío de una raza brava que sabe lo mismo disparar arcabuzazos contra los emperadores más tiránicos que bailar la jota con un ritmo y una gracia que realmente parecen arcabuzazos del alma.
Y a ti, hermosísima “pubilla” catalana; y a ti, porque quiero que vosotras dos vayáis juntas, maravillosa “atlota” balear, princesa baleárica, princesas de mar y de tierra, princeses de terra y de mar, perque València vol beneir-vos i saludar-vos en esta llengua nostra i vol que es sentiu en ella bessones, amb la triple germanor del mateix esperit, del mateix mar i del mateix idioma. Tú, pubilla catalana, i no és casualitat, sinó providència, tens el nom de Ruth, Ruth Horro; Ruth com l’espigoladora Ruth, la que arreplegava les espigues deixades caure en el camp de Booz. València, tu València, a grapats, a grapats, Encarnacioneta, a grapats!, posa les mans en la falda de la pubilla que en eixa falda i en eixe davantal estan els grans millors, les llavors millors, las simientes mejores de nuestro renacimiento, de nuestra esencia, de nuestro modo genuino y no bastardo de servir y de sentir a España.
Y tú, maravillosa doncella baleárica Amparo Zaforteza, maravillosa “atlota” balear.
filla d’una terra tres voltes bonica: Menorca, Mallorca i Eivissa, tres voltes beneïda sigues en el nom de València i de España.
I tu, València, posa les mans també en eixa falda, que per algo és blava, perque aixina com de Catalunya necessitaves les llavors, d’eixa necessites arreplegar a grapats trossos de mar, que és també un tros de la teua salvació.
Y a ti, Mercedes Conradi, que después de Amparo Zaforteza,
baleárica, le traes a Valencia el salero y la gracia de la tierra de María
Santísima prendida en los juguetones volantillos de tu falda de reina. Tú nos
traes la gallardía de Y a ti, María Luz Campos
Quintero, fruto sabroso y regio de ese vergel que son las Islas Canarias; a
ti, que vienes de una tierra de eterna primavera, que a pesar de haber
sufrido el zarpazo de unos recientes acontecimientos dolorosos, ha tenido
todavía el gesto fraterno de enviamos en ti su bella embajadora para
compartir sus penas con las penas de Valencia y las alegrías de Valencia con
sus alegrías. A ti, que viéndote nos haces pensar a los valencianos sobre el
significado de esa palabra que da nombre a las canciones de tu tierra, altas
como el Teide, floridas como
Y he dejado para final estas dos
que, con Murcia, van a ser nuestro último recuento, estas dos princesas que
vienen de las tierras hermanas de Castellón y de Alicante. Tú, Amparo Solé Villalonga, y tú, Mercedes Valero Teruel. Tú que
vienes y nos traes a Valencia todavía perfumada la falda con los romeros, con
los “romanís” de la muntanyeta
de
Y últimamente a ti, María Dolores
Alfin Massot, murciana, representante de Murcia,
encarnación de Murcia, a ti el último verso de este discurso, o el penúltimo,
porque le debo uno final a
* * *
Estaría mil horas hablando —y termino— y no conseguiría expresar la gratitud de Valencia. Encendería mil metáforas, recitaría mil poemas y no conseguiría expresar esa gratitud; porque yo habría, en definitiva, de declararme en suspensión de pagos o en quiebra; y acaso en quiebra fraudulenta por haberos defraudado. Pero no, yo sé que alguien sin necesidad de palabras puede expresar esta gratitud de Valencia a las demás regiones españolas. Y eres tú, Encarnación; eres tú, Encarnación Amorós Lluch, con tus ojos que se abren como luceros en la noche, con tu boca que sonríe —porque te sienta muy bien la sonrisa— como una rosa que se abre al alba, con ese enjoyado atavío acogedor, con la suave gracia de todas sus magnificencias; tú eres la que puedes decirles sin palabras a las regiones españolas lo que mis palabras no podrían repetir.
Tú tienes, adviértelo bien, y
tampoco es casual, sino providencial, un nombre precioso. Responde a aquel
momento de
Querido Alcalde, queridos concejales, admirado y respetado señor ministro, autoridades todas de Valencia: los ingenieros, los arquitectos, los técnicos, los trabajadores, nos podrán dar el cuerpo de la ciudad; pero el alma la hemos de poner nosotros. ¿Cómo? Volviendo a las tradiciones de Valencia, volviendo a nuestras esencias, volviendo a esa Anunciación y a esa Encarnación que tú representas; a esa tradición valenciana que yo simbolizaría en aquella estoreta velleta per a la falla de Sant Josep.
Valencia —¡qué grandes fueron nuestros mayores!—; Valencia era como esas buenas amas de casa que no tiran nada, que lo aprovechan todo; por este tiempo venía el desestero, venía el buen tiempo, se quitaban las esteras de esparto de la casa linajuda o de la casa humilde, y se guardaban las nuevas en el porche y las viejas se tiraban. Y el genio de Valencia, que no desaprovecha nada, que no tira nada, por medio de esos niños y esa chiquillería que por los barrios pedía una estoreta velleta per a la falla de Sant Josep, recogía la estoreta velleta, aquello que simboliza la tradición, para ponerla en la hoguera. Porque esa fibra archicombustible del esparto contribuía como ninguna otra cosa a la llamarada viva, que era calor, que era luz, que era alegría del pueblo. Esa estoreta velleta, esa estoreta velleta que muchos tenéis como retirada, nuestro idioma, nuestro sentido democrático de la política, democrático y cristiano, nuestro sentido institucional; esa estoreta que muchos tenéis en el porche... (¡En el porche! Perque no fa fi; perque parlar en valencià no fa fi. ¡Quanta coentor, Dios mío! (Ovación.) Esa estoreta velleta que parece que no aproveche para nada y que vosotros quizá echáis en el carro de la basura (no habría inconveniente que lo hicierais, porque Valencia sabe sacar hasta del estiércol cebollas y claveles); esa estoreta, valencianos, no la tiréis, no la guardéis en el porche; ponedla en circulación...
Mira, Reina, y yo termino: como final y resumen de todo mi discurso, yo te pido a ti una sola cosa: no tus joyas para Valencia, no tu brocado magnífico, no tus encajes, no tu peina, no tus arcadas, no tus perlas, ni siquiera tu sonrisa... Yo te pido, en nombre de los falleros, una estoreta velleta per a la falla de Sant Josep. (Ovación prolongada del público puesto en pie.)
[discurs pronunciat en la proclamació de la fallera major del 1958, que va ser publicat el mateix any en un opuscle del mateix títol]
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* Martí Domínguez
Barberà (Algemesí,
Prova del seu viratge és el text que reproduïm ací, corresponent al cèlebre discurs pronunciat en la proclamació de la fallera major de València del 1958. Martí Domínguez Barberà, llavors director del diari Las Provincias, fou una de les poques veus crítiques que intentaren anar un poc més enllà de la celebració fallera grandiloqüent de les Falles de la Gratitud. En el seu parlament, titulat Cuando enmudecen los hombres... ¡hablan las piedras!, pronunciat davant el ministre Gual Villabí i totes les autoritats locals, denuncià la marginació de València per part del govern i l’oblit dels senyals d’identitat valencians, com ara la llengua, per una espanyolitat de base castellanista. El discurs va assolir una gran difusió perquè va ser retransmés en directe per Radio Nacional i repetit dies després per Radio Valencia, i posteriorment editat en un opuscle titulat Valencia, la gran silenciada. El treball periodístic i l’actitud cívica de Martí Domínguez van fer que el Ministeri d’Informació i Turisme franquista pressionara els propietaris del diari Las Provincias perquè l’obligaren a deixar el càrrec de director, fet que es va presentar com una dimissió el 25 de juliol de 1958.
Per a més informació:
Domínguez Barberà, Martí - Alarte, Josep (1992): Las Fallas, València, Ajuntament de València. Pellisser, Nel·lo (1994): Crònica d’un temps, «Algadins», 1, Algemesí, Ajuntament d’Algemesí. — (2005): Martí Domínguez i Barberà: la passió per la paraula, «Algadins», 17, Algemesí, Ajuntament d’Algemesí. Sansano,
Gabriel (1996): Quan callen les pedres. Martí Domínguez
Barberà, 1908-1984, València, Saó.
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