Comentarios un poco críticos

a una fiesta que pasa por crítica


Vicente Ventura*

 

 

Se da por sentado con demasiada facilidad que la fiesta de las fallas gusta a todo el mundo. ¿En qué estará basada una unanimidad tan insólita? Por el contrario, hay muchas razones para suponer que las fallas disgustan a más de cuatro, incluyendo valencianos, y hasta para que se den, respecto de ellas, toda una gradación de sentimientos que van desde la resignación sufrida al entusiasmo delirante y excluyente —excluyente de todo aquel que no sea entusiasta—, pasando por la indiferencia, la moderada curiosidad, la tolerancia, etcétera.

 

Ya es curioso que una fiesta tan famosa y de tanto “interés turístico”, como parece que tiene, no haya suscitado otro interés menos gratuito, más fiable, como el de los sociólogos. ¿Por qué será? Quizá porque las experiencias sociológicas en general son caras y no cabe esperar que la Junta Central Fallera pague un estudio semejante. Quizá también porque el resultado podría costarle caro a los sociólogos y en eso tal vez sí que intervendría —gratuitamente, por supuesto— la mencionada junta, cuya importancia social es evidente.

 

Sea como fuere, lo cierto es que nadie se ha preocupado nunca de preguntarle a la gente qué opina de las fallas. Ni siquiera los periodistas que se dedican al género de las encuestas, quizá convencidos de que nadie se atrevería —sobre todo en la semana Fallera, que es cuando el tema tiene actualidad— a discrepar de un ambiente aparentemente tan mayoritario en favor de la fiesta.

 

El tema, sin embargo, es interesante y, si más no, vale la pena dedicarse a la suposición, puesto que hay que escribir este artículo sobre las fallas y puesto que no se debe incurrir en la repetición de lo que ya han dicho otros y hasta de lo que ya ha dicho uno mismo después de tantos años de fallas y de ejercicio de la profesión.

 

Por lo demás, ¿resulta tan anormal hacerle un poco de crítica a una fiesta basada en la crítica? En la crítica de la sociedad más inmediata justamente, en la crítica más o menos piados o despiadada de tal o cual chica del barrio, de tal o cual hombre público hinchado de vanidad o de millones, etcétera. Después, ya se sabe, la libertad en uso ha corrido a sus albures y la crítica también. Los falleros de hoy, los artistas se entiende, los que las fabrican, son ya unos profesionales y para los que las fallas constituyen su “modus vivendi”, hacen al respecto lo que cualquier otro: navegar por la abstracción o proceder por comparación para que la gente entienda por dónde van los tiros. Con lo que unos no entienden nada, otros entienden lo que hay que entender y algunos entienden más de lo que se dice. Pero bien , dejemos esto y vayamos a las suposiciones, que me atrevo a la inmodestia de asegurar fundadas en la experiencia personal. Es decir, que no son totalmente gratuitas. Y confiemos en que no me salgan caras. Veamos cómo podrían caracterizarse algunas actitudes de los valencianos ante las fallas.

 

 

Los disconformes

 

Empecemos con los disconformes más cursis. Los hay con pretensiones aristocráticas que las encuentran “vulgares”, y los hay que, en el extremo opuesto, las encuentran muy “populares” y condescienden a tolerarlas indulgentemente. De los de esta última manera es de los que se suele nutrir el censo de “falleros de honor”, e decir, ciudadanos a los que se supone generosos y de los que se espera que a cambio de una “senyera” de sobremesa, montada sobre un pedestal de bronce donde consta su nombre, ayuden a cubrir el presupuesto de tracas, músicas y cartón piedra. Los primeros hacen melindres y los segundos se hacen de rogar. Pero ni los unos ni los otros dan demasiado dinero a los falleros, salvo que nombren “Fallera Mayor” de la falla a una hija de los segundos, que son los que, en todo caso, admiten el honor.

 

Pero hay también los disconformes por razones “culturales” que no dejan de poner en su actitud una dosis abundante de cursilería. Ustedes verán. Son los que delante de las fallas se preguntan esta imbecilidad: “Pero bueno ¿por qué no hacer monumentos en vez de fallas?”. Claro está que a estos sujetos les gustan precisamente los monumentos que parecen fallas.

 

Están también los que consideran que el dinero que se quema en fallas, tracas y are a través del trombón de la banda de música podría emplearse en “hacer cultura”. En fin, ya me dirán ustedes que idea deben tener de “la cultura” semejantes caballeros.

 

Y están los agrios, los que no están de acuerdo con nada, sobre todo cuando aquello con lo que están en desacuerdo produce alguna satisfacción al prójimo. Esos tienen la ventaja de que no explican su actitud, no quieren nada a cambio de las fallas; es decir, que son los más generalizables porque los encontramos frente a las fallas, frente al Carnaval de Río y frente a la Adoración Nocturna Perpetua. La causa es indiferente.

 

Añadamos para terminar, los que están en contra porque les molesta la aglomeración, el ruido, lo que no es rutina de cada día y, en fin, que se saquen las cosas de quicio.

 

 

Los resignados

 

Pongamos en seguida a la matizada serie de los resignados, entre los cuales merecen especial compasión aquellos que se dejan arrastrar por la fiesta. Ellos preferirían marcharse unos día al pueblo y dejar pasar la marejada, pero ocurre todo lo contrario: son los del pueblo los que vienen a ver la marejada. Ha de hacerles sitio en la cama, ponerles plato a la mesa —plato de fiesta, claro está—, acompañarles arriba y abajo y pagarles el vermut con tapa al mediodía.

 

Hay que hablar de los que se marcharían, pero no pueden, bien porque a los chicos les gusta la jarana y hay que quedarse, bien porque tienen miedo a incurrir en las iras falleras del vecindario, que cuando llegan estas fechas adquiere un complejo colectivo de movilización general.

 

Y conviene referirse también a los resignados puros. Aquellos que no saben si les gusta o no la fiesta; que les gusta sólo a ratos, pero no de madrugada y a altas horas de la noche; los que irían a algún festejo y a otros no. Son gente que, en el fondo, prefieren la tranquilidad, pero que se consideran en el deber de responder al toque de corneta fallera, y se divierten a la fuerza. Algunos hasta se disfrazan de falleros y desfilan por la calle al son de los pasodobles.

 

 

Los moderados

 

Son pocos. Esa es la verdad. En las fallas, en la junta de copropietarios, en el fútbol, en la «Penya Excursionista El Pámpol» y en la comida anual de los que hicieron juntos el servicio militar. Hay pocos moderados en el mundo. Para ser moderado se ha de ser abstemio o se ha de tener mucho autocontrol. Y todo eso no e adquiere fácilmente. ¡Con decir a ustedes que escasean los moderados incluso en el partido radicalsocialista —francés, claro, que aquí no hay de eso ni de lo otro—, a pesar de haberlo tomado en mano el señor J.J.S.S.!

 

Los moderados quisieran divertirse con moderación en unas fallas moderadas donde no hubiera tantas alusiones a la «cosa sexual», ni tanta reproducción de nichos de cementerio. Son los que protestan con voz moderada de que la «despertá» sea tan temprana, de que haya tantas fallas, de que no se reglamenten las tracas para que haya horas de ruido y horas de silencio, etcétera. ¡Vaya que son los de la «libertad, pero dentro de un orden»! Un orden fallero, por supuesto, no vayan ustedes a creer...

 

 

Los entusiastas

 

Bueno, éstos son los mayoritarios, o al menos es parece si atendemos a la bulla que meten. Con los entusiastas pasa un poco como con los japoneses, que no sabe uno si se trata de un solo japonés que pasa muchas veces o muchos japoneses que pasan una sola vez cada uno. ¡Se parecen tanto! Todos creen que las fallas son la quintaesencia de Valencia y de lo «valenciano», y su verdadero ideal sería que las fallas no se interrumpieran nunca. En realidad, casi lo han conseguido. Y saben ustedes que el domingo siguiente a la «cremà» ya organizan la primera recaudación al son de una charanga. La de los músicos supervivientes de esfuerzo fallero. Y después no paran. Cada jueves, junta para ver cómo sacar dinero, qué festejos organizar a este fin, a quién encargar la falla del año siguiente, quién debe representarles en la Junta Central Fallera, etcétera. ¡Ah, si Valencia fuera siempre una falla! Y a juzgar por como se suelen hacer las cosas en la ciudad puede que tengan razón.

 

Lo único que tienen de incómodo estos entusiastas es que procuran el contagio. Quisieran que todos los vecinos fuéramos tan falleros como ellos. ¡Pero si quisieran hacer falleros hasta a los vecinos de la Almunia de Doña Gomina y a los de Madrigal de las Altas Torres! En cuanto descubran las ventajas de los «jumelages» festivos ya verán ustedes a qué espectáculos podremos asistir. Serán inenarrables.

 

Ellos mantienen la fiesta, a pesar de lo cual no estoy muy seguro de que les hagan demasiado caso en los organismos que la rigen.

 

Pero, en fin, ellos son felices y si no se empeñaran en que los demás lo sean de la misma manera que ellos no habría nada que alegar.

 

 

Los fanáticos

 

Son los que me quemarían con gusto por haber osado escribir sobre las fallas sin decir que son magníficas, extraordinarias, únicas, sin parangón posible y ante las cuales todos, altos y bajos, ricos y pobres, laboristas o conservadores, del Barça o del Español, Julieta o Romeo, gordos o flacos, Blas Piñar o Cantarero del Castillo y cualquier ser —racional o no— que coma pan, deben doblar la rodilla, haciendo oblación de toda voluntad y apuntarse.

 

Tal vez el lector espere que, para terminar, me pregunte a mí mismo: «Pero bueno, ¿y tu, qué? ¿Tú en qué clasificación te incluyes?».

 

Pues yo, la verdad, no aspiro a ser condecorado con el «Bunyol d’Or amb fulles de llorer», pero tampoco quisiera ser quemado, ni siquiera en efigie, como lo fue mi amigo Joan Fuster. Así que boca cerrada, aunque no entre buñuelos. Que son, por supuesto, lo mejor de la fiesta.

 

 

[publicat en la revista Destino, 18 de març de 1972 ]

 

 

   

               

 

 

                     

 

* Vicent Ventura (Castelló de la Plana, la Plana Alta, 1924-València, l’Horta, 1998), periodista i polític, la seua participació en la premsa valenciana començà l'any 1948, amb col·laboracions en Levante i Jornada (aleshores diaris del Movimiento), i en Radio Nacional de España. Des de la seua militància inicial en la Falange, Vicent Ventura va evolucionar cap a posicions d’esquerres i valencianistes, sent un precursor en la defensa de la integració en l’Europa democràtica. El 1960 guanya el premi València de literatura amb la novel·la Los don nadie, que queda inèdita a conseqüència de les seues activitats antifranquistes. El 1962, participà, a Munic, en el IV Congrés del Moviment Europeu. A conseqüència d’aquest fet, es veié obligat a viure alguns mesos exiliat a París, i al tornar de l’exili el van confinar sis mesos a Dénia, amb prohibició de residir a València. Ventura tingué també un paper decisiu en la creació de diverses organitzacions d’oposició al franquisme, com ara el Partit Socialista Valencià (PSV), el sindicat Comissions Obreres del País Valencià (1967), fet que el dugué a la presó, la Taula Democràtica de València (1973) o el Partit Socialista del País Valencià (1974). El 1987 va ser candidat al Parlament Europeu per la coalició Esquerra dels Pobles. Amb el seu nom o amb pseudònim col·laborà en publicacions valencianes, catalanes i madrilenyes, com ara Valencia Fruits, Dos y Dos, Avui, Serra d'Or, Destino, La Vanguardia, Cuadernos para el Diálogo, Informaciones, Tele-exprés, Noticias o El Temps, entre d’altres. Al llarg de la seua trajectòria desplegà un continu compromís cívic i polític amb el seu país, des de plantejaments nacionalistes, progressistes i europeistes, que es recull en els seus llibres Política per a un país (1977) o El País Valencià (1978).

            Des de mitjans dels cinquanta i fins a començaments dels seixanta, Vicent Ventura va oferir una mirada crítica i desmitificadora de la festa fallera en les seues diverses col·laboracions en la premsa, en el marc d’una contestació creixent al model festiu oficialista, seguint un discurs alternatiu que Joan Fuster havia mamprés uns anys abans i que tindrà el seu punt d’inflexió l’any 1963. Les seues reflexions constitueixen un contrapunt de la visió oficial i tòpica de les Falles, que analitza la festa i els seus problemes des de diversos angles: la pèrdua del caràcter popular, l’enfocament cap al turisme, el creixement desmesurat, la necessitat de renovació de la Junta Central Fallera i el seu distanciament de les comissions, el programa d’actes de la setmana fallera, les molèsties de les despertades o la concepció de les Falles com a síntesi de la valenciania.

Per a més informació:

Beltran, Adolf (1993): Vicent Ventura. Converses amb un ciutadà, «Tàndem de la Memòria», València, Tàndem Edicions, 1993.

Fresquet, Rafael - Pérez Moragon, Francesc (ed.) (1998): Vicent Ventura: un home de combat, «Paranimf», València, Universitat de València, 1998.

http://www.uoc.es/humfil/1939/grau2.html